“Lo observaba de lejos, a hurtadillas, y
así fue descubriendo aquello que antes no supo percibir, sus hombros, su cuello
ancho y fuerte, la curva sensual de sus labios gruesos, sus dientes perfectos, la elegancia de sus manos, largas y
finas. Le entró un deseo insoportable de
aproximarse a él para enterrar la cara en su pecho moreno, escuchar la vibración del
aire de sus pulmones y el ruido de su corazón, aspirar su olor, un olor que sabía seco y penetrante, como
de cuero curtido o de tabaco. Se
imaginaba a sí misma jugando con su
pelo, palpándole los músculos de la espalda y de las piernas, descubriendo la forma de sus pies, convertida en
humo para metérsele en la
garganta y ocuparlo entero. Se había adueñado de todos sus pensamientos, la
niña ya no podía soportar la
inmovilidad del tiempo lejos de él. […] cuando lo escuchaba
salir silbando del baño, agonizaba de impaciencia y miedo, segura de que moriría de gozo si él la tocara o tan sólo le hablara.” Niña Perversa, Isabel Allende.
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